Desde octubre de 1987, se configura una coyuntura deflaccionaria en la economía mundial. Sus causas primeras fueron el final de la sobrevaluación del dólar y de la burbuja financiera. En la crisis de octubre de 1987, el dólar se desvalorizó en cerca del 40% obligando a la intervención de los bancos centrales de Alemania y Japón para detener la desvalorización; las bolsas entraron en vertiginosa caída exigiendo intervención similar; y las deudas internacionales de los países del Tercer Mundo, entraron en moratoria abierta o disfrazadas conduciendo al Plano Brady, que oficializó la desvalorización de las deudas, perdonando parte de ellas, convirtiendo en bonus norteamericanos una otra parte y definiendo un “menú” de alternativas para la negociación de las mismas. El comienzo de los años 90 fué marcado por nuevos movimientos de desvalorización de los activos mundiales. Ocurrió entonces la quiebra de varios grupos financieros, a pesar de la protección de los Estados Nacionales que buscaron garantizar, a través de fondos de proteción al sector financiero, a las diversas empresas financieras afectadas por la onda de desvalorización de los activos en general. Al mismo tiempo, la desvalorización de los inmuebles (particularmente sobrevalorizados en el período de la burbuja) produjo una nueva ola de crisis bancaria pues gran parte de las deudas bancarias estaban apoyadas en inmuebles sobrevaluados. La baja de precios de los mismos dejó sin garantías los portafolios aparentemente más sólidos.
Asimismo, la caída inevitable de las tasas de interés (elevadas artificialmente en los años 80, como instrumento de captación de recursos para financiar el gigantesco déficit fiscal y el igualmente gigantesco déficit del balance comercial estadounidense) disminuya significativamente el gasto público. Al hacerlo, retiraba del movimiento financiero mundial su base de especulación más importante del período: el crecimiento ultra exagerado del gasto público estadounidense
La enorme deuda pública, generada en los años 80 y 90, lanzó en el mercado financiero un enorme volumen de títulos públicos que pagaban altísimos intereses y atraían capitales de todo el mundo, particularmente de Japón y Alemania que disponían de enormes saldos en dólares debido a su superávit comercial con Estados Unidos.
Al mismo tiempo, el gasto público pasó a ser alimentado por el pago de los servicios de la deuda, bajo la forma de altos intereses, lo que terminó por imponer un movimiento de reación similar en todo el mundo. Cuando cayeron las tasas de interés en 1989-90, los déficits públicos también disminuyeron y la especulación con títulos de la deuda bajó drásticamente. El capital financiero, desprovido de esta fuente pasó a buscar las llamadas economías emergentes y a generar títulos sin ningún respaldo como los hedge y derivativos. Pero luego estos nuevos campos especulativos entraron en graves y sucesivas crisis entre 1990 y 1998. En seguida el proceso deflaccionario alcanzó el mercado de commodities, las cuales entraron en franca desvalorización al disminuir drásticamente los excedentes monetarios disponibles internacionalmente.
Entre las commodities, habría que destacar el petróleo cuyos precios entraron en caída en 1989. Pero, en los años 90, se destaca el oro, por su función de reserva de valores mundiales la cual aún cumple, con mucho menos importancia que en el pasado. Es así que su precio cayó de los 18,9 dólares por grama en 1980 para 10.5 en 85, volviendo a subir para 12,6 de 1990 hasta 1996 cuando inicia su caída más seria, llegando hasta el 8.2 dólares por grama, en que se encuentra hoy día.
Está pues claro que estas commodities, entre las cuales se destaca el petróleo y el cobre, seguirán su camino de baja como reflejo de la deflación global. Asimismo, el avance de la tecnología aumentó la productividad e hizo caer los costos de producción de los minerales y de los productos agrícola que pasan por una renovación tecnológica dramática, con el desarrollo de la biotecnología.
Por último, el surgimiento de nuevos materiales viene sustituyendo dramáticamente el uso de varias materias primas provocando la caída de su demanda y de su precio.
En consecuencia de esto se produce un movimiento convergente entre la desvalorización de los activos financieros ( el dólar, los inmuebles, los títulos públicos y privados, los derivativos y el propio oro) y la caída dramática de los precios de los productos básicos agrícolas y mineros.
Esta convergencia se hace aún mas dramática con la tercera revolución industrial que se acelera en la segunda mitad de los años 80, con la adopción industrial de los robots cada vez más masivamente. La incorporación del láser en la producción y en la comunicación, con apoyo de los satélites, han disminuido drásticamente el costo de los servicios de comunicación. Los cambios tecnológicos en la electrónica, la utilización de los nuevos materiales, el uso creciente del láser y la incorporación de otras innovaciones hace tender hacia cero los costos industriales y de servicios en varios sectores de la economía, exigiendo escalas de producción planetarias para viabílizar estos cambios tecnológicos.
Es así que sectores tradicionales como la siderurgia, el automovilístico, los transportes en general, los tejidos y la confección, pasan por cambios revolucionarios con lo que se derrumban imperios enteros y abrense las puertas a la concurrencia de nuevas economías, como el caso de China, la cual dispone de recursos materiales y humanos para desatar una competición internacional en varios sectores económicos.
Es grande la grita de los productores tradicionales en contra de la mano de obra barata ( y hasta esclava, según lo afirman) que estaría viabilizando la caída de los precios industriales. Sí es verdad que el bajo precio de la mano de obra puede proteger algunos centros productores en las zonas del Tercer Mundo, la verdadera causa de su competividad creciente en estas ramas es la posibilidad de incorporar estas innovaciones tecnológicas a bajo precio y vender sus productos por precios no monopólicos.
Lo que asistimos en realidad es una baja dramática de las barreras de entrada que amenazan monopolios tradicionales y estimulan las fusiones entre empresas afectadas por estos cambios tecnológicos. Las fusiones objetivan garantizar el control monopólico de los mercados y la posibilidad de administrar los precios indústriales.
Esta situación general explica el refugio de los capitales financieros en los movimientos de corto plazo desde 1987. Su presión por generar nuevos campos de investimiento especulativo, como los derivativos, o de abrir nuevas zonas de especulación, como las llamadas economías emergentes en los 90″s, revelan más bien la debilidad de esta gigantesca burbuja especulativa. Las sucesivas crisis de los años 90 son ajustes brutales de las economías locales, nacionales, regionales y global a estos cambios. Por detrás de
las mismas, actúan las fuerzas deflaccionarias que señalamos, las cuales son sin embargo ignoradas por los análisis económicos.
Lo contradictorio de la situación es que el capital financiero, al verse desplazado de varios sectores y regiones a través de crisis cada vez más graves tiene que volver al proceso productivo. Por esta razón, el mercado de acciones de Estados Unidos ha captado gran parte de este excedente financiero mundial a través de una valorización especulativa de sus acciones es así que la deflacción generalizada encuentra en la bolsa de New York, con sus secuelas mundiales, su gran compensación. Por esto no debemos esperar su caída inmediata.
Los bancos centrales bajo el dominio de los conservadores buscan compensar este movimiento contradictorio elevando las tasas de interés en nombre de viejas teorías sobre el impacto inflacionario del crecimiento económico y del pleno empleo.
Es hora de superar estas teorías ultrapasadas que no logran analizar la economía mundial como un movimiento global que se impone sobre las economías nacionales. Pero estos nos lleva a cuestiones más complexas que superan los límites de este artículo.
Theotonio dos Santos
Responsable de las relaciones internacionales del gobierno del estado de Río de Janeiro, profesor titular de la U.F.F. y coordinador de la Cátedra UNESCO y de la red UNESCO – Universidad de las Naciones Unidas sobre Economía Global y Desarrollo Sostenible.
Colaboração especial do autor para o MONITOR MERCANTIL visando o VII Congresso de Economistas da América Latina e Caribe















